
“Creo, Señor”
IV DOMINGO DE CUARESMA
(Juan 9, 1-41)
Estamos acostumbrados a ver maldades por doquier
y a buscar culpables de todo lo malo que nos pasa.
Incluso de las enfermedades
encontramos autores y hasta elevamos la autoría a Dios
por permitir ciertas cosas.
Todo, con tal de aparecer nosotros mismos como inocentes.
Creo, Señor, dice el ciego al que has curado.
No se amedrenta ante las amenazas que le lanzan los fariseos
que le insisten una y otra vez en que el que le ha curado es un farsante.
Se mantiene firme.
No pone en duda su fe en ti.
Tal vez me tenga que preguntar a mí mismo
si tengo tanta fe como el ciego al que curaste
poniendo barro en sus ojos
y enviándole a que se lavara en la piscina.
Este hombre creyó desde el primer momento
y no dudó de que tú eras el Mesías,
cuando se lo preguntaste.
Necesito, Señor, creer con más fuerza.
Creer que tú eres el que me ama
el que me cuida en cada momento de duda,
el que me da fuerzas para afrontar los malos m omentos,
el que me espera cuando he salido malhumorado…
No me falles, Señor,
pues sin ti seré el ciego que no ve más que la noche oscura.
Necesito tu luz para alumbrar mi vida
y reconciliarme con los que no me tragan.
Necesito que me abras bien los ojos
para poder caminar en medio de un mundo que parece perdido.
Necesito que limpies mi mirada de las telarañas
que me impiden ver que tú eres amor
y que me amas aunque a veces no sepa verlo.
José Serrano Álvarez