
“¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”
V DOMINGO DE CUARESMA
(Juan 11, 1-45)
Participaba en una carrera de atletismo
y cayó fulminante sobre el asfalto.
Los medios de comunicación lo contaron con todo detalle.
Hay telediarios que abren sus programas con muertes violentas.
La tragedia ferroviaria ocurrida en Córdoba
ha ocupado horas de radio y televisión,
páginas enteras de periódicos impresos y digitales
y millones de espacios en redes sociales.
La muerte, a la que todos estamos convocados,
antes o después,
ocupa y preocupa.
Cada día mueren, en nuestro país,
cerca de mil doscientas personas.
Los hermanos Marta, María y Lázaro son amigos de Jesús.
Las dos mujeres lloran la muerte del hermano.
Con ellas, muchos parientes y amigos
del pueblo e incluso de la cercana Jerusalén.
Jesús es avisado de que su amigo ha muerto.
Pero tarda en acudir al sepulcro.
Cuando lo hace, ordena que retiren la piedra que tapa la tumba.
Llega el milagro: resucita al amigo delante de muchos.
Para que crean en la gloria de Dios. Llorar a los seres queridos cuando mueren es humanidad.
No me avergüenzo de ello, Señor,
cuando derramo lágrimas ante cada muerte de los míos.
Incluso de personas ajenas que perecen en tragedias
o en actos violentos.
Pero tengo que asumir que morir es el destino de cada persona.
Aunque cueste aceptarlo, es mi destino también.
Ayúdame a seguir creyendo que tú eres la resurrección,
porque esta muerte humana no es final
sino el comienzo de la vida nueva
que tú nos das a cada uno.
José Serrano Álvarez