
«Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida»
CORPUS
(Juan 6, 51-58)
Estampas de niños desnutridos surgen por doquier.
Adultos recogiendo de los contenedores de basura algo para alimentarse.
Madres que intentan dar el pecho a hijos esqueléticos.
Colas de jóvenes y mayores ante los comedores sociales.
Escenas del hambre que existe en el mundo
junto a imágenes de banquetes
en donde sobran y se desperdician alimentos.
Unos se sacian glotonamente
y otros no tienen un mendrugo que llevarse a la boca.
La gente no entendía lo que les decías, Señor,
cuando les invitabas a comer tu cuerpo y beber tu sangre.
Porque era y sigue siendo el gran misterio.
Un misterio que se basa en el amor.
Un amor que no tiene otro igual.
Porque entregas tu vida para salvar a los hombres.
Y te quedas entre nosotros
para que nunca nos sintamos abandonados.
Aliméntame, Señor,
con la fuerza de tu amor total
para que nunca tenga hambre,
para que sepa entender que también yo debo darme a los demás.
Porque, aunque soy indigno, me acerco a alimentarme
con tu cuerpo y con tu sangre.
¡Qué hermoso es poder tenerte en la Eucaristía!
¡Qué grande me haces invitándome a fundir mi cuerpo en el tuyo!
Tú, Dios, me amas como nadie es capaz de amar,
entras en mi ser
y me empapas de tu divinidad.
Con tu cuerpo dentro de mi cuerpo,
con tu sangre mezclada con mi sangre
ya no soy yo,
sino tú el que vives en mí.
Te ruego que no me dejes nunca,
que te quedes en mi pobre ser
para poder seguirte mejor
contemplando tu rostro en cada hermano
con el que me cruzo.
Perdona mi indignidad
y no tengas en cuenta mi fragilidad.
Dame siempre este alimento
que me llena de ti
y me acerca a ese cielo que me has prometido.
José Serrano Álvarez