
«¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!»
XXXII T. ORDINARIO
(Mt 25, 1-13)
En tiempos pasados, las bodas se celebraban con grandes fiestas:
bailes, comidas, numerosos invitados, varios días de celebraciones.
Eran manifestaciones públicas de gozo
porque dos personas decidían unirse para siempre
en una convivencia de amor total
construyendo una familia.
Los tiempos están cambiando
y numerosas parejas deciden vivir juntas sin celebrarlo en público.
Cada vez hay menos bodas en las iglesias
y también en los recintos civiles.
La parábola que hoy nos expones, Señor,
trata sobre las jóvenes que deben esperar a que llegue el esposo
para celebrar la fiesta.
Son diez vírgenes con sus lámparas de aceite
para recibir al amado con el que se unirán.
Cinco van prevenidas, por si la llegada se retrasa.
Otras cinco están despreocupadas
porque no prevén demoras
o porque son demasiado confiadas en sí mismas.
Lo que hoy quieres enseñarme, Señor,
es que hay que estar en permanente vigilia
porque no sabemos cuándo llegarás
para celebrar la fiesta de la boda.
¿Será al amanecer?
¿O al atardecer?
¿Será en medio del día? ¡Qué más da la hora!
Lo realmente importante es que vas a venir
y que debemos estar vigilantes
con las lámparas encendidas
para poder verte y alumbrar tu llegada.
Lo que me estás diciendo hoy es que debo ser prudente,
no confiarme y que, aunque el cansancio me duerma,
cuando despierte tenga reserva de aceite
para que la lámpara del amor
no se apague.
Porque si no puedo alumbrar,
corro el riesgo de quedarme fuera del salón de bodas.
He de cuidar mi lámpara con el amor a todos
para que pueda entrar contigo en el salón del banquete.
José Serrano Álvarez