
«Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo»
TODOS LOS SANTOS
(Mt 5, 1-12a)
Muchas son las carencias de las gentes de hoy,
en lo material, pero, sobre todo, en lo espiritual.
Falta cercanía al que sufre,
hay demasiado egoísmo en los corazones
y mucha soberbia y afán por conseguir el trofeo del gozo efímero
a costa de lo que sea,
destruyendo al prójimo si es preciso.
Porque parece que se ha perdido la ruta
que lleva a lo esencial: una sociedad nueva, volcada en cada uno de sus miembros;
una sociedad en la que no haya descartados
y sí brazos dispuestos a ayudar al que lo necesita.
La clave, Señor, para ser bienaventurados en este mundo
y llegar al Reino la sueltas de golpe:
hay que ser pobres en el espíritu,
tener un corazón manso y limpio,
aguantar el sufrimiento,
ser misericordiosos,
limpiar los corazones,
ansiar la justicia y la paz y trabajar por ella
y aguantar persecuciones por buscar la justicia,
pero, sobre todo, por ser seguidores tuyos. Hoy me impulsas, Señor, a ponerme en plan misión
para intentar construir esa sociedad nueva
que tú has venido a instaurar:
una sociedad donde vivamos todos en paz y justicia,
como hermanos que tienen un mismo Padre
y abrazan los mismos sentimientos
que son fruto del amor auténtico.
Me dices que sea sal
para que el mundo en el que vivo tenga sentido
y no se pudra.
Me llamas a la tarea evangelizadora
sin temer lo que me pueda suceder.
Mas tú sabes de mis debilidades,
conoces mis flaquezas
y aún me insiste en que aporte lo que pueda,
sea mucho o sea poco,
para que quienes me rodean se sientan queridos.
Con tu ayuda, algo podré conseguir.
Sin ella, nada lograré
Dame tú la sal que mi vida necesita
para ser testigo fiel de tu amor.
José Serrano Álvarez