
«Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo»
XXX T. ORDINARIO
(Mt 22, 34-40)
Algunos corren para llegar temprano al templo.
Quieren sentarse en los primeros bancos
para decirle a Dios que cumplen lo que les pide.
Y rezan.
Y hacen actos de contrición.
Hasta se sienten liberados musitando plegarias
que a veces no entienden.
Repiten una y otra vez:
Señor mío y Dios mío…
Vamos, Señor, que los fariseos no te pillan.
Ellos, erre que erre.
Buscan desacreditarte ante el pueblo.
Ellos son muy sabios
y así se consideran ante los demás.
Queremos que nos digas, dicen,
cuál es el primer mandamiento.
Veinte siglos después muchos seguimos sin oírte
ni querer entenderte.
Tú respondes con toda claridad a los que te preguntan.
En resumen, hay un único mandamiento:
amar a Dios amando al prójimo.
Sí, amarte a ti abrazando al que me critica,
compartiendo lo que tengo con el que nada tiene,
respondiendo con sonrisas
a las injurias y desprecios de quien quiere hundirme…
Ésta es la doctrina
que sellaste entregándote por mí.
Debo comprender que soy uno más de entre tus hijos
a los que salvas por amor
y que no puedo amarte a ti si no amo a los hermanos.
Me guste o no, ésa es la enseñanza.
Me guste o no he de comprender
que lo importante no es correr para llegar primero a rezar
sino acompañar a quien camina más despacio
para llegar juntos donde tú nos esperas.
Porque si voy solo seguro que me preguntarás
dónde he dejado a ese prójimo
al que debo amar como tú nos amas
a cada uno de nosotros.
No puedo decir que te amo a ti
si no amo al que está a mi lado.
José Serrano Álvarez