
«Comieron todos y se saciaron»
XVIII T. ORDINARIO
(Mt 14, 13-21)
La hambruna está presente en muchas partes.
También entre nosotros.
Los comedores sociales de las ciudades
reciben diariamente a miles de personas que acuden a recibir comida.
Es cierto que algunos no son merecedores de ella porque tienen posibilidades económicas.
Pero la inmensa mayoría la necesitan para seguir viviendo
pues no tienen recursos con los que comprar diariamente los alimentos.
Frente a los comedores sociales
los restaurantes y los comedores particulares
que tiran las sobras a los contendores de basura.
Con lo que desperdiciamos podrían alimentarse millones de personas necesitadas.
El relato del evangelio rezuma tu ternura, Señor.
La gente te ha seguido,
porque les cautivan tus palabras y tus hechos.
Quieren estar a tu lado
para que sanes sus cuerpos enfermos
y cures sus almas sedientas de paz.
Tus discípulos te piden que les eches
pues anochece y no han comido.
Tu respuesta está cargada de amor y de compromiso.
Dadles vosotros de comer,
no les despidáis con hambre. Cuánta hambre hay que alimentar, Señor,
en este mundo nuestro.
Hambre material, sí,
y también hambre de paz, de fe, de concordia, de amor.
Hambre real que a menudo tapamos con abundancia de materialismo insaciable
y de autocomplacencias fingidas de que no necesitamos
lo que realmente alimenta nuestro espíritu.
A aquella muchedumbre que te seguía y tenía hambre
le diste panes y peces que le sació.
Y hasta sobró y mandaste que se recogiera
porque no hay que desperdicia nunca el alimento.
Con tu gesto, con tus palabras hoy
quiero saciar el corazón
para que no se vuelva insensible a las necesidades
de los que menos tienen o no tienen nada.
Que sepa ver que aunque sea un trozo de pan
estoy obligado a compartirlo con quien no lo tiene.
Ayúdame, Señor, a ser más sensible a tantas necesidades materiales
y espirituales que me rodean.
José Serrano Álvarez