
«Quiero quedarme en tu viña, Señor»
XXVII T. ORDINARIO
(Mt 21, 33-43)
No está este mundo nuestro
como nos gustaría a algunos.
Guerras entre naciones,
odio entre hermanos,
envidias entre personas,
miseria y hambre,
soberbia y despotismo…
La viña que Dios ha plantado no está bien cuida
y los administradores no son leales.
Parece que solamente buscan sus beneficios individuales
y se olvidan de que esto no es una propiedad,
sino un huerto arrendado que hay que cuidar y pagar por él.
A ti, Señor, te gusta mucho ilustrar lo que enseñas
con ejemplos de lo que te rodea:
el sembrador que sale a sembrar la semilla,
el hortelano que cava una viña y la prepara para que de buenos frutos,
me resultan muy bellas y sugerentes todas esas estampas
que vas colocando ante mis ojos.
Hoy haces hincapié en ese huerto de viñas
que el propietario arrienda a unos que no saben cuidarlo
y que además se atreven a matar a sus enviados,
incluso al hijo del dueño,
porque así ellos se convertirán en los propietarios.
No me considero digno, Señor,
de que me permitas cuidar ese rinconcito de viña
en el que desenvuelvo mi vida.
Pero pondré de mi parte lo que pueda
para que cuando llegue el tiempo de la cosecha
tenga algo con que pagarte tanto privilegio.
Sé que no me es fácil,
porque mis fuerzas son escasas,
mas con tu ayuda y la de los que me rodean,
algo podré hacer.
Sea mucho o poco, recíbelo
y déjame que me quede en ese huerto
que me ofreces cada día,
porque fuera no hay más que desolación.
José Serrano Álvarez