
(Lucas 23, 35-43)
Parece que en este mundo en el que vivo todos quieren ser reyes.
Desde pequeños, los hijos son tratados como reyes.
Porque son los más guapos y los más listos,
los que se comerán el mundo cuando sean mayores.
Los mayores creen que se merecen más,
y piden privilegios que consideran que les han robado.
El que está arriba en el escalafón social quiere subir más
y el que no ha llegado a lo alto pelea por adelantar al que está más arriba.
Son pocos los que miran al que está abajo para intentar ayudarlo
y así construir una sociedad que ahora no está ensamblada por la solidaridad,
ni por la justicia,
ni por la paz.
Hoy, Jesús, te contemplo clavado en la cruz,
que se ha convertido en tu trono,
coronado con espinas,
sin túnica real,
sino desnudo,
y con un madero por cetro…
No tienes soldados que te protejan
porque te han colocado entre dos ladrones…
¡Vaya imagen de realeza la que muestras al mundo!
Desde mi pequeñez, me atrevo a susurrarte, Señor,
que te acuerdes de mí,
que, como al ladrón que increpa a su compañero y te suplica a ti,
me acojas en tu reino.
Porque, aunque tu reinado no es de este mundo,
yo sí quiero estar contigo.
Aunque no lo merezca, por mis muchos fallos,
por mis traiciones,
por mis faltas de valentía…
hazme un hueco,
aunque sea el más pequeño, en tu reino.
Te lo suplico, mi Rey y mi Señor,
aunque sea indigno siervo,
escucha mi súplica.
José Serrano Álvarez