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HOMILÍA

Cada semana la homilía del domingo y días festivos

NO SABEMOS NI EL DÍA NI LA HORA

XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
TEXTOS: Sb 6,12-16; Sal 62; 1Te 4,13-17; Mt 25,1-13

NO SABEMOS NI EL DÍA NI LA HORA

 

Se acerca el final de los tiempos. El capítulo 25 del evangelio según san Mateo, que comenzamos hoy, nos va a acompañar durante los tres últimos domingos de este Tiempo Ordinario. Al hilo del final del Año litúrgico, los textos nos hablarán del final de la vida y del juicio oportuno sobre ella, que nos merecerá o no, entrar en la alegría del Reino de los cielos.

Hoy, el evangelio nos da un aviso: Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora. Con este consejo concluye Jesús una de sus parábolas sobre la actitud del creyente ante la muerte y la llegada del Reino de Dios: la parábola de las diez doncellas que esperan a que venga el esposo para entrar en el banquete. Jesús, en la claridad de su pedagogía, nos presenta la actitud ante el momento final de la vida. Lo hace poniendo un ejemplo de bodas y no es casualidad: la muerte para los creyentes es un encuentro con Dios, y los místicos entendían la muerte como unos desposorios definitivos con el amor de Dios. La muerte es un abrazo de Dios a la debilidad del hombre.

Jesús nos quiere dejar claro dos cosas. Primero, que la muerte llega: para todos, la muerte es siempre una «muerte anunciada»; aunque nos sorprenda la muerte del joven, el accidente imprevisto, todos tenemos la certeza de que un día la muerte será el final de esta vida. Y segundo, que lo importante es pensar cómo nos estamos preparando para encontrarnos con ella. Si la muerte va a venir, no podemos esconderla, vivir distraídos, mirando para otro lado.

El creyente, aunque viva el lógico miedo a lo desconocido, no puede vivir la muerte con la desesperación o la amargura de entenderla como un punto final: la muerte es el paso a otra vida, y el reencuentro definitivo con Dios. Ese momento en la vida de cada uno, nos puede sobrevenir encontrándonos preparados o desprevenidos. De aquí las dos actitudes de las doncellas de la parábola: cinco prudentes, que esperan al esposo con la lámpara encendida y que al llegar entran al banquete de bodas; cinco necias, no previsoras, que al llegar el esposo han ido a comprar aceite para sus lámparas y, al volver, encuentran la puerta cerrada. Intentan entrar, pero el esposo les recrimina: Os aseguro que no os conozco.

Situémonos dentro de esta parábola: todos nosotros estamos invitados al banquete del Reino eterno, Jesús es el esposo que nos convoca. Dios invita a todos, pero deja a nuestra libertad el que formemos parte del grupo de invitados prudentes y prevenidos, haciendo el bien y practicando la justicia del amor a Dios y a los hermanos o integrarnos en el grupo de invitados necios y despreocupados, que pasan la vida «como si Dios no existiera», negando el amor de Dios y desprovistos del aceite del amor fraterno.

A mi libertad y responsabilidad se encomienda la posibilidad de entrar en el Reino de los cielos o quedarme a las puertas, con esa terrible respuesta de Dios: «no te conozco».

Mi muerte es una muerte anunciada. ¿Vivo la vida como preparación para entrar en la vida eterna o, descuidado, prefiero quedarme a la puerta como un mendigo?

Alfonso Crespo Hidalgo

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