O ponemos a Dios en el centro de nuestras vidas o quedamos sometidos a los ídolos que nos acechan por doquier y que nunca nos dejarán en paz. Miremos a nuestro alrededor y comprobaremos que, cuanto más se aleja el hombre de Dios, menos felicidad encuentra. Incluso cuando nosotros mismos nos apartamos un poco de Él, nos sentimos inseguros y sin paz en nuestros corazones.

Nuestra conversión ha de ser permanente. Estamos bautizados y, por ello, llamados a vivir conforme se nos indica en el Evangelio: amar a Dios y