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HOMILÍA

Cada semana la homilía del domingo y días festivos

¡ANHELAMOS VER TU ROSTRO!

¡ANHELAMOS VER TU ROSTRO!

I DOMINGO DE ADVIENTO

TEXTOS: Is 2,1-5; Sal 121; Rom 13,11-14; Mt 24,37-49

Iniciamos el Adviento, cuatro semanas de espera y esperanza para rememorar la fiesta entrañable de la Navidad. Recorremos este tiempo con el anhelo de contemplar el rostro del Salvador; en la escena de Belén, nos asombraremos ante la máxima expresión de la generosidad divina: Dios se hace hombre y los hombres alcanzamos por gracia ser «hijos de Dios». Nos emparentamos con el mismo Dios. La salvación, realizada en el sacrificio redentor de la Cruz, tiene su inicio en el nacimiento del Mesías. La Navidad es una Fiesta que mira a otra Fiesta: Pascua de Navidad que mira a la Pascua de Resurrección.

Un año más, somos convocados a recorrer de nuevo los misterios de nuestra salvación. Pero cada Adviento no es solo un anuncio de la cercanía de la Navidad, sino un recordatorio de la segunda venida del Mesías al final de los tiempos, en la que el Señor juzgará con justicia a los pueblos. No sabemos ni el día ni la hora de este encuentro definitivo con el Señor. El apóstol Pablo decía a los romanos: es hora de despertaros del sueño… la noche está avanzada, el día está cerca; dejémonos de las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Y Jesús nos recomienda en el evangelio de hoy: ¡Vigilad porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor! Hoy parece que Jesús se acerca a nosotros y nos dice: «¡Espabila!».

La historia del pueblo de Israel es una historia de luchas constantes, de derrotas humillantes. Los mismos reyes históricos decepcionaron sus esperanzas de justicia y de paz. Los profetas narran el anhelo del pueblo, que suspira por un Mesías Salvador: él será el maestro que instruye en el camino recto, será el árbitro de las naciones y el juez de paz para los pueblos. Él, será el «rey del desarme». Como dice el profeta Isaías: de las espadas forjará arados y de las lanzas podaderas… no se adiestrarán para la guerra. 

Adviento es tiempo de espera de la salvación prometida por Dios, que no será fruto de nuestros méritos sino pura gracias de Dios, que sólo necesita la aceptación benevolente de cada uno de nosotros. La salvación de Dios, que vino una vez por todas, está siempre viniendo, porque siempre es recibida por hombres y mujeres de todos los tiempos. La salvación que un día nos trajo Jesús de Nazaret, en un momento histórico, toca ahora a tu puerta y espera tu respuesta sincera, ágil y comprometida: ¡Espabila! Pues corren tiempos en los que, como dice el apóstol Pablo a los romanos, se embota la mente con el vicio y la preocupación por el dinero.

Conviene convertir nuestra oración, al inicio del Adviento, en un grito: Ven pronto, Señor, ¡anhelamos ver tu rostro! El anhelo de los primeros tiempos se renueva en el deseo de los hombres y mujeres de hoy que seguimos gritando: ¡Ven, Señor! Aunque más exactamente, tendríamos que decir: Señor, ¡no dejes de seguir viniendo!

No embotes tu mente con la preocupación por el dinero; mira el futuro con esperanza y grita: ¡Ven pronto, Señor! Me pregunto: ¿anhelo contemplar su rostro?

Alfonso Crespo

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